
"Aquí va a correr la sangre, maldito cristiano...", esa es la frase más amable que escuchó el equipo de Cuatro que intentó hablar con el imán de la mezquita de Tetuán donde rezaban cinco de los autores del atentado que más tarde se suicidaron en Leganés. El imán Ben Alí es un hombre amargado y lleno de odio, y hablando con él uno puede llegar a explicarse por qué algunos jóvenes, maleables y con pocas expectativas, crecen en una ideología fundamentalista basada en el rencor y la venganza.
El 3 de abril de 2004 siete terroristas, tras verse rodeados por la policía, se hacían saltar por los aires en Leganés con la dinamita que les había sobrado del 11-M. A esos siete suicidas se les considera autores materiales de la masacre de Atocha. Cuatro ha viajado a sus casas, ha leído sus testamentos, ha hablado con sus familias, ha paseado por sus barrios y se ha acercado a la mezquita donde aprendieron la ideología del odio.
El barrio del Jemma Mazuak, en Tetuán, la antigua capital del protectorado español, es el lugar donde nacieron cinco de esos suicidas. El barrio se ha convertido en una especie de vivero de kamikazes integristas. Otros cuatro jóvenes se han hecho volar en coches-bomba en Irak, y al menos 30 se han ido a ese país a hacer la yihad.
Los documentos manuscritos encontrados entre las ruinas del piso franco de Leganés ayudan a hacer un retrato psicológico de los asesinos del 11-M, pero es hablando con sus familiares y amigos como se puede llegar a comprender el origen de su rencor. A entrar en el corazón de las tinieblas integristas.
"Fue un crimen, y mis hijos son unos asesinos de inocentes", dice amargamente Ahmed Oulad, el padre de los suicidas Rachid y Mohamed. Ahmed se siente absolutamente avergonzado de lo que hicieron sus vástagos. No quiere ni siquiera sus cuerpos. No le importa dónde están enterrados. Su actitud no es la de todos los padres de suicidas. No todos tienen la misma manera de enfrentarse al hecho de saber que sus hijos se han suicidado y que además son asesinos múltiples. Ahmed Asrhi, por ejemplo, no quiere ni oir hablar de Rifat, su hijo pequeño. Le da, incluso, vergüenza salir a la calle y que la gente le mire y exclame: "el padre del terrorista"... El señor Kounjaa, sin embargo, padre del suicida Abdenabi, está orgulloso de su hijo, al que considera un mártir. Él también arremete contra la cámara al grito de "Ala es Grande..."
Rahjma, la madre de Jamal Ahmidan, al que todo el mundo llamaba "El chino", se mantiene en la teoría del victimismo. Asegura que su hijo es un peón de una mano negra a la que hay que encontrar. Que hay que llegar al cerebro de los atentados. Que a su hijo lo engañaron para que transportara una mochila.
Cuatro maneras diferentes de enfrentarse al hecho de la desaparición de un hijo convertido en asesino. Cuatro aproximaciones sociológicas al integrismo islámico. Cuatro retratos familiares en los que la falta de educación, de cultura, y de expectativas, contribuyeron a convertirlos en criminales.
Todas las familias se quejan de la maldición que el 11-M ha traido a sus apellidos. Ahora les cuesta encontrar trabajo, o lo pierden rápidamente tras conocerse su relación con los asesinos. Sin embargo, el integrismo tiene cada vez un mayor peso específico en la sociedad marroquí. Su mensaje está calando entre las clases más desfavorecidas, entre pobres y analfabetos. La ideología salafista está infiltrándose, incluso, en parte de la administración y entre todos aquellos que están hartos de la corrupción y el nepotismo de las elites árabes dirigentes.
"El salafismo no es terrorismo. Lo nuestro es Islam puro, de paz y concordia, lo otro son actos criminales", dice Abderrahim Moutad, el portavoz de los casi mil presos islamistas que hay en Marruecos. Rodeado de las fotografías de esos mil "barbudos", como les llaman aquí, Moutad intenta desvincular el islamismo político del terrorismo integrista.
| © OcioMedia - Un sitio de OcioMedia (Grupo ITnet) | ||||